Fallecimiento Enrique Leoz

Fallecimiento Enrique Leoz

El pasado día 11 de marzo falleció en Madrid nuestro ex-jugador Enrique Leoz. Enrique se incorporó a primeros de los 70 al equipo cadete del Liceo y continúo jugando en el resto de categorías hasta el equipo senior.
En su memoria, Juan Luis Soto, compañero suyo en aquellos primeros años de nuestro Club, ha escrito el siguiente texto que queremos compartir con todos vosotros.
DEP Enrique

Hasta siempre Enrique

Pocas veces conoces tan rápido a tus amigos como me pasó con Enrique Leoz. Apenas llevaba por este mundo seis días cuando aterrizó él y nuestros progenitores, grandes amigos, nos metieron en la misma cuna para que empezáramos a “entrenar”. Hace de eso ya casi 62 años. Y así pasamos, entre juegos, nuestra infancia, ya fuera en su casa o en la mía. Hasta nuestra “rentrée au jardin d ́enfance” del antiguo Liceo de Marqués de la Ensenada.

Seguimos juntos durante la primaria y el bachillerato, no siempre en el mismo grupo pero coincidiendo en las mismas clases. Enrique pronto destacó entre todos nosotros. En cuestión de hormonas iba muy por delante y cuando Goico, Paco, yo o los demás compañeros éramos imberbes mozalbetes de pantalón corto, Enrique nos superó por una cabeza, comía por tres, llevaba Levis-Strauss bien puestos y nos miraba desde arriba sonriendo por debajo de un marcado bigote. Ni que decir tiene quien acaparaba la atención de las chicas durante nuestros primeros escarceos.

No había quien le ganase corriendo, saltando, peleando, nadando o jugando al frontón en el patio. Nos iba eliminando por turno durante esos partidos de recreo promovidos por Ramón Urtubi en el antiguo Liceo y que solo terminaban cuando sonaba la campana para subir a clase. Era cuando todavía no existía el campo de deportes del Parque de Conde de Orgaz.

Después Enrique siguió imponiéndose físicamente por sus sobresalientes cualidades. La llegada al nuevo Liceo y las competiciones de atletismo organizadas por el profesor Gil sirvieron para que se luciera en todas las modalidades. Y qué decir de aquellos partidos “interclasse” de baloncesto, donde Enrique reproducía a la perfección el juego practicado entonces por sus admirados Brabender o Luick. La superioridad de Enrique nos hubiera resultado insufrible si no hubiese sido él mismo, socarrón, honesto y amigo generoso.

Y un feliz día vimos un cartel de reclutamiento a la entrada del “fumoir”. Requería voluntarios para formar un equipo de rugby cadete. Un deporte que nos unió todavía más si cabe los años siguientes y en el que Enrique, como no, demostró de nuevo su buen hacer. Rápido en el ataque, duro en la defensa, hábil en el juego cerrado, potente en la patada y temible en las “touche”, era un valor seguro en cualquier alineación. “Vous êtes des pirates et votre butin est la balle”. Los tercera línea (seguí estando al lado de Enrique incluso en el campo) tomamos las palabras de M. Fleury como lema y pasamos unos años inolvidables robando balones para nuestra infalible línea de tres cuartos.

También pasé otros excelentes momentos con Enrique fuera del cole o del terreno de juego. Por ejemplo en su casa de Cercedilla durante inolvidables fines de semana. O grabando por las noches en cintas TDK los discos que le mandaban de Inglaterra a su hermano Ricardo (Clapton, Doors, Creedence, Jethro Tull,…); toda una gozada y un tesoro por aquellos años tan raquíticos de buena música en España. O haciendo rutas de montaña, acampando por las cumbres de Guadarrama con nuestro otro gran amigo desaparecido Antonio Vega. Risas, bromas y compañerismo durante días enteros sin que el frío, la lluvia o el cansancio nos importaran.

Pero nuestro Enrique no pudo escapar de la fatalidad que se ha llevado antes que a él y de forma despiadada a demasiados de nuestros amigos. Lo que empezó siendo una inconsciente

exploración de lo desconocido abocó en un trágico y común destino. La vida de Enrique también cambió para siempre, perdió su salud de hierro y poco a poco se distanció de su entorno y de muchas cosas que le hubiera gustado seguir haciendo. Como el rugby. Pero en la larguísima enfermedad que le ha aquejado ha continuado dando ejemplo de la misma fortaleza y valentía que mostraba en el campo de juego.

Hace pocos días que nos dimos el último abrazo en el hospital antes de que nos dejara. Y sentí al Enrique de siempre. Su cariño espontáneo, su amistad incondicional y ese carácter rebelde tan suyo son sentimientos que siempre formarán parte de mi propia vida y de quienes le conocieron.

Perdona Enrique que no te haya podido seguir en tu último “ras de mélée”. Juan Luis Soto